Real Alcázar de Madrid

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Edificado sobre la antigua fortaleza que sirvió de baluarte al Madrid musulmán, fundada por el emir Muhammad ben Abd al-Raaman, ben Hayyan, mediado el siglo IX, cuya muralla puede todavía hoy rastrearse en los alrededores de Palacio, tras la dominación cristiana que siguió a la conquista de Toledo en 1085 pasó a convertirse en residencia regia de los Trastámara, aunque son hoy difíciles de precisar las características del edificio medieval. 


Fueron Carlos V y su hijo, Felipe II, quienes impulsaron las obras que convirtieron al Alcázar en el corazón del reino de los Habsburgo, si bien nunca cesaron las reformas en este edificio, cuya historia está marcada por sucesivas modificaciones. El edificio se encontraba, como no, en obras, galería de poniente, cuando fue pasto de las llamas, en incendio que se inició en su ala oeste, en la Nochebuena, 24 de diciembre, del año 1734.       


Los arquitectos Luis dela Vega y Alonso de Covarrubias fueron los encargados de emprender las reformas del Alcázar madrileño en 1537, época de la que datan los más antiguos documentos que se conservan sobre el edificio.


  “... Su vocación histórica continúa siendo la piedra angular que permite juzgarlo. La situación de la villa, la antigüedad del edificio y las realizaciones de los Trastámara atraen a Carlos V. La rápida ejecución de las transformaciones que ordena el Emperador proporciona a la corte la posibilidad de una estancia agradable en Castilla y coloca al Alcázar a la cabeza de los Sitios Reales. Esto contribuye ampliamente a la capitalidad de 1561 que le permite mantener una situación privilegiada. Muy frecuentado por Felipe II, acoge sus gustos artísticos, que transforman el aposento real. Pero la estructura de la antigua fortaleza impone estrechos límites a la renovación, y las dificultades económicas cada vez mayores favorecen las obras de acomodo en detrimento del embellecimiento. Al extender la propiedad real por el campo circundante, Felipe II hubiera querido reunir en un solo conjunto el palacio urbano y los jardines de la Casa de Campo, con sus sueños de belleza natural y de fiesta. Para ello, Patricio Cajés concibió, en los años 1570-1575 un puente de tres arcos en el Manzanares, una larga galería de estatuas a través de todo el parque y un anfiteatro elíptico que hubiera podido convertirse en un ninfeo pegado a la torre Dorada II. Se esboza en él todo un arte de corte, el jardín, la fiesta, la colección, tomando como referencia a Giulio Romano, Palladio, Vignola y Ammannati. Terminación imposible que dejó al Alcázar en el umbral de las grandes realizaciones principescas del Renacimiento.


Refleja, sin embargo, la evolución de la sensibilidad artística española. Obra maestra de Covarrubias, muestra en sus patios, su escalera y su decoración interior la depuración de la arquitectura plateresca. El encuentro con los fundamentos del Renacimiento italiano que no conocía sino indirectamente, hace que Covarrubias afirme el primado de la armonía de las proporciones y de la estructura sobre la fantasía decorativa, al tiempo que muestra su capacidad de invención arquitectónica. Después, Juan Bautista de Toledo trae el aporte directo del clasicismo romano, que adapta, en los pasillos, a los materiales españoles. Adoptada ya en algunos palacios españoles, la decoración al fresco, romana y genovesa, revoluciona la concepción del espacio interior, apartando un tanto las yeserías, los artesonados y las tapicerías. De una calidad quizá superior a las realizaciones del Escorial, inaugura la tendencia del arte monárquico español a traer fresquistas italianos para decorar sus palacios.


Este palacio domina desde entonces la vida de Madrid, cuya población crece rápidamente. La instalación de los servicios reales, la llegada de la nobleza y la presencia de extranjeros le dan un aire de capital que su urbanismo desmiente aún, a pesar de la buena voluntad del Consejo Municipal, de algunos proyectos interesantes, de un gran puesnte y del comienzo de la Plaza Mayor.Carlos V y Felipe II transmiten a sus sucesores un palacio cargado de historia y adornado con algunas bellas realizaciones artísticas. Pero le falta todavía un “no sé qué” regio que aporta el siglo XVII con la fachada de Gómez de Mora y que proclaman los salones de Velázquez”


 (GERARD POWELL, Veronique. “De castillo a palacio. El Alcázar de Madrid en el siglo XVI”. Traducción: Juan del Agua. Ed. castellano, Xarait Ediciones, Bilbao, 1984.)


"Sus más recientes biografías (CLOULAS, KAMEN) siguen a menudo demostrando que es en El Escorial donde se imagina a Felipe II, de la misma manera que se sitúa a Francisco I en Chambord o a Enrique VIII en Hampton Court. El Alcázar de Madrid, vieja fortaleza musulmana y trastámara convertida por Carlos V en un palacio renacentista, fue sin embargo su residencia principal a partir de su vuelta a España, cuando fija en 1561 su “casa y corte”. Las importantes obras decorativas que acometió en éste, sin modificar lo fundamental de su arquitectura, reflejan tanto su gusto artístico como la evolución del ceremonial, que pasó del uso de Borgoña, instaurado en 1547, a una mezcla progresiva de usos tras la vuelta definitiva de Felipe II. A pesar de la complejidad de esa residencia, donde convivían los recuerdos musulmanes con la gran sala trastámara, y de su destrucción en 1734, los documentos de archivo y las relaciones de viajeros o de embajadores nos permiten entender el cambio radical del gusto impuesto por Felipe II, que daba las bases al arte de corte de los Habsburgo españoles hasta el final de su dinastía en 1700”. 


(GERARD POWELL, Veronique. “La decoración del Alcázar de Madrid y el ceremonial en tiempos de Felipe II”, en “Felipe II y su tiempo”, traducción de Olivier Freneau, Fundación Argentaria-Visor Distribuciones, Madrid, 1998.)


Las reformas llevadas a cabo por Felipe II en el Alcázar fueron iniciadas por el arquitecto Gaspar de la Vega, pero en ellas intervinieron numerosos artesanos (entalladores, vidrieros, carpinteros, pintores, escultores...) llegados de los Países Bajos, de Italia y de Francia, que sirven al afán de Felipe II de hacer del Alcázar un lugar suntuoso, adecuado para fijar en él la residencia real. No fue Gaspar de la Vega sino su sustituto, Juan Bautista de Toledo, quién dotó al edificio de uno de sus hitos más emblemáticos, la célebre Torre Dorada, responsabilizándose de revitalizar las obras siguiendo los gustos personales del monarca.


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Entre 1561 y 1598 el Alcázar conoce una importante remodelación, que afectan, en una primera etapa, a las estancias personales del Rey y otras obras menores en las zonas privadas, y la construcción de la Armería Real; a continuación, se ornamenta el aposento principal situado entre las dos torres de la primitiva fachada sur, acentuando el carácter representativo y ceremonial de esta parte del edificio frente a la zona norte que queda reservada a servicios. En el ala oeste se disponen las dependencias del Rey y en la zona este las de la Reina, ambas constituidas en torno a sendos patios que determinaban la funcionalidad del edificio desde la remodelación de Covarrubias. Quedan así definitivamente definidas y especializadas sus áreas de habitabilidad, que se mantienen inalterables en años sucesivos.


Al morir Felipe II y sucederle en el trono su hijo, Felipe III, se abordan las obras de remodelación del cuarto de la Reina, encomendadas a Francisco de la Mora y, a la muerte de éste, en 1610, a su hijo, Juan Gómez de Mora, autor de las más importantes reformas que sufre el palacio, a quien se debe la nueva fachada y la reorganización de la plaza frente a la misma.


Con Felipe IV se desarrollan las obras impulsadas por Gómez de la Mora y se completa la estructura arquitectónica fundamental que conservó el Alcázar hasta su destrucción, pese a pequeñas reformas posteriores llevadas a cabo por Carlos II y Felipe V. La actividad desplegada, los numerosos planes trazados y el desarrollo ininterrumpido de las obras plantea numerosas dudas sobre las obras proyectadas y las que efectivamente debieron realizarse, pese a lo cual podemos tener una idea bastante aproximada del aspecto del edificio en la fecha de su destrucción.

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