Infanta Catalina de Austria y Trastámara

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Catalina de Austria. Torquemada (Palencia), 14.I.1507 – Lisboa (Portugal), 12.II.1578. Infanta de la Casa de Austria y reina de Portugal, esposa del rey Juan III.


Catalina de Austria nació en Torquemada, provincia de Palencia, siendo la hija menor y póstuma del matrimonio formado por Felipe el Hermoso (1478-1506) y Juana la Loca de Castilla, fruto de la unión dinástica que enlazó las Casas Reales de los Habsburgo y Borgoña con las de Castilla y Aragón en 1496. Hasta su matrimonio con el soberano portugués Juan III, en 1524, Catalina vivió aislada de sus hermanos: el emperador Carlos V (1500-1558), María de Hungría (1505-1558), Leonor (1498-1558) e Isabel de Austria (1501-1526), quienes residían junto a su tía, Margarita de Austria (1480-1530) en su Corte de Malinas, en los Países Bajos. La niñez y adolescencia de Catalina transcurrió en Tordesillas, en las proximidades de Valladolid, también separada del único hermano que habitaba en España, Fernando —que andando el tiempo se convertiría en el emperador Fernando I—, forzada durante dieciocho años a un semiconfinamiento junto a su madre.


Aunque aislada de las Cortes española y flamenca, Juana se ocupó de supervisar la educación de su hija con esmero. Como princesa de la Casa de Austria, Catalina estaba destinada a convertirse en Reina. Juana hablaba francés e incluso cultivó con talento el latín, habiendo recibido una educación humanística en la Corte de su madre, Isabel la Católica (1451-1504).


Disfrutaba con la danza, tocando la vihuela, monocordio y clavicordio y transmitió esos talentos musicales a su hija menor. En Tordesillas, Catalina aprendió a ser una música y danzarina excelente. También dominaba el latín y podía leer el griego. Más adelante, como reina de Portugal, continuó cultivando su interés por el aprendizaje clásico y humanista en la Corte lisboeta. Juana asumió un importante papel durante los años formativos de Catalina e influyó sobre su educación proporcionándole un sólido bagaje cultural, que preparó a Catalina para su futura posición como reina de Portugal.


Como hermana más joven del emperador Carlos V, Catalina fue colocada estratégicamente en el trono luso por su hermano, como medio para asegurarle la estabilidad política de la Península Ibérica. Con el matrimonio de su hermana con el rey portugués, Carlos V dependía de los vínculos familiares para proteger sus intereses en la Península Ibérica. Su propio matrimonio en 1526 con la hermana de Juan III, Isabel de Portugal (1503-1539), reforzaba esta seguridad, además de reafirmar la política matrimonial establecida desde antiguo entre las Casas Reales portuguesa y castellana durante el siglo xvi. El matrimonio de Catalina se celebró por poderes el 18 de agosto de 1524 en Tordesillas, y oficialmente en Lisboa el 5 de febrero de 1525. Entre 1526 y 1537, dio a luz a nueve hijos, de los cuales sólo dos sobrevivieron hasta la adolescencia: María Manuela de Portugal (1527- 1545), primera mujer de Felipe II de España, quien falleció al poco de nacer el príncipe Carlos, y el príncipe Juan (1537-1554), que se casó con la princesa Juana de Austria (1535-1573), hermana de Felipe II.


La Historiografía ha presentado a Catalina de Austria como una infanta española que representaba los intereses castellanos de manera estricta en la Corte portuguesa. Entregada al emperador Carlos V y junto con su esposa Isabel, una de sus más fuertes aliadas en España, Catalina no respaldó ciegamente la política fraterna. Un buen ejemplo de esta afirmación será cuando Carlos V refutó la soberanía portuguesa sobre las islas Malucas en 1527, Catalina medió diplomáticamente entre su marido y su hermano para resolver finalmente este conflicto. Catalina se encontró a menudo en una posición delicada para equilibrar los intereses políticos de la Casa Real de los Avis con aquellos de Carlos V. Aunque promovió un culto personal al Emperador en la Corte lisboeta, Catalina nunca sacrificó los intereses del trono portugués en aras de los proyectos políticos de su hermano.


Al ser una reina extranjera, Catalina fue en gran parte ignorada por los historiadores contemporáneos y su imagen difamada a causa de la anexión por parte de Felipe II de Portugal en 1580. La Historiografía subraya sus intereses a favor de los castellanos y su sumisión a Carlos V, y más tarde a su sobrino, Felipe II.


Se ha culpado a Catalina, sin ninguna evidencia documental, de ser la responsable de la conquista de Portugal y la subsiguiente pérdida de la independencia por parte de los portugueses durante sesenta años.


Catalina, sin embargo, fue una reina astuta y política hábil: estas cualidades fueron reconocidas por su marido, quien le otorgó enorme autoridad política y le permitió asistir a reuniones del consejo real. Semejante libertad de movimientos en el campo político fue disfrutada raramente por otras reinas y consortes contemporáneas. Tanto Juan III como Carlos V confiaron en las mujeres de sus familias para ayudarles en el gobierno de sus reinos: Isabel actuó como gobernadora de Castilla durante las frecuentes ausencias imperiales, mientras que Catalina alcanzó cotas de poder sin precedentes dentro de la Corte lisboeta.


Tras la inesperada muerte de Juan III en 1557, Catalina asumió la regencia del trono, desde ese año hasta 1562, representando a su nieto, el futuro rey Sebastián (1554-1578), hijo póstumo del príncipe Juan y Juana, la princesa de Portugal. Su regencia estuvo marcada por disputas políticas internas y problemas relacionados con el gobierno de los dominios ultramarinos portugueses. Una de las prioridades fue mantener intactas las posesiones portuguesas en el Norte de África, por lo que en 1562, Catalina ayudó a Rui de Sousa a defender de los moros el fuerte de Mazagón.


La devoción religiosa de Catalina la empujó a fundar el Colegio de Huérfanos en Lisboa, financiado por ella y destinado a la educación de estos niños.


Asimismo instituyó, en julio de 1572, dos cátedras para la enseñanza de Moral Teológica para treinta alumnos desfavorecidos en el Colegio Real de Nossa Señora da Escada, cerca del convento de Santo Domingo de Lisboa. Su patronazgo religioso abarcó también la construcción del monasterio jerónimo de Valbemfeito (1535-1548), cerca de Óbidos, y la terminación del convento de Nuestra Señora de la Asunción en Faro, fundado por su hermana mayor, Leonor de Austria, la primera mujer del rey Manuel I, en 1519. Entre 1569-1572, remodeló la capilla mayor del monasterio jerónimo de Belén, en las afueras de Lisboa, como panteón dinástico, en conmemoración de la dinastía Avis, imponiendo un severo estilo arquitectónico renacentista sobre la estructura preexistente manuelina.


Catalina desempeñó un importante patronazgo artístico, convirtiéndose en la más importante coleccionista de objetos de lujo y exóticos provenientes de las colonias portuguesas en Asia, con anterioridad a 1550. Su adquisición de objetos, joyas y mercancías del Norte de África, Goa, Malaca, Macao, Ceilán, China, Japón y las islas Ryukyu, sirvió para subrayar su estatus social dentro de la Corte lisboeta y en la Casa de Austria. Catalina formó la primera Kunstkammer, o gabinete de curiosidades, en el Portugal renacentista, instalada en el Palacio Real de Lisboa (Paço da Ribeira). Su pasión por lo exótico englobaba también una gran menagerie llena de animales importados de las colonias portuguesas. Muchos de ellos fueron enviados como regalos a sus parientes Habsburgo en España, Austria y Flandes. El elefante indio Suleyman, entregado en 1551 a sus sobrinos, María de Austria (1528-1603) y Maximiliano II (1527- 1576), fue el primer elefante que se vio en Austria durante el Renacimiento. Su colección también incluía una gran cantidad de tapices flamencos, muchos originarios de la recámara de su madre, Juana la Loca, en Tordesillas. Catalina poseía una galería de retratos cortesanos familiares realizados por los pintores de la Casa de Austria: Jacob Seisnegger, Antonio Moro, Alonso Sánchez Coello, Jooris van der Straeten y Cristóbal de Morales, que ella colgó en los muros del palacio real lisboeta. Un gran número de reliquias representativas de su colección, originarias de Europa central, ejemplificaban sus lazos simbólicos y espirituales con la dinastía Habsbúrgica. Después de la conquista del Portugal por España en 1580, los tapices, objetos exóticos y retratos cortesanos de Catalina pasaron a manos de Felipe II y se incorporaron a la colección real española, como sucedió con la conocida serie de tapices de las Esferas, todavía hoy en las colecciones del Patrimonio Nacional.

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